Sexenio maldito

Este artículo de Joaquín Bohigas muestra lo contastante que ha sido la actitud del presidente Felipe Calderón respecto a los distintos sucesos trágicos que ha sufrido el país, desde las muertes por causa del narcotráfico, el aún misterioso deceso del entonces secretario de gobernación, Juan Camilo Mouriño, y las más recientes e inocentes fallecimientos de los niños y niñas de la guardería ABC, para culminar con el ignominioso asesinato de jóvenes en Cd. Juárez, Chihuahua. No puede evitar uno pensar que realmente hay algo mal en su mente –del presidente–. FFM

De: Joaquin Bohigas Bosch <jbb>
Fecha: 8 de noviembre de 2010 12:30

Asunto: un articulo …

Hola,les mando un articulo mio que acaba de salir en la prensa local. Si les parece adecuado, por favor distribuyanlo. saludos, joaquin

Publicado en Editorial El Vigía (http://www.elvigia.net)

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Sexenio maldito

Por morozco

Creado 11/08/2010 – 00:00

Nombre de la columna:

OBSERVATORIO

Columnista:

Joaquín Bohigas Bosch

Categoria:

General

Ensenada, B.C. – La muerte se ha ensañado con la juventud en este sexenio maldito. El año del bicentenario ha sido particularmente terrible y las últimas dos semanas han llenado, anticipadamente, los altares del día de muertos de más de 70 hogares mexicanos. Jóvenes masacrados en Chihuahua, Distrito Federal, Tepic, Tijuana y Juárez, entre otros sitios. Jóvenes festejando, caminando por la calle, yendo al trabajo, lavando autos o desintoxicándose en algún paupérrimo centro de tratamiento.


La ferocidad no cesa. Apenas hace dos meses asesinaron a 72 migrantes y, empezando el año, unos despiadados interrumpieron una fiesta para inmolar a 16 jóvenes. Conmovido por esta inconcebible masacre y la pusilánime respuesta del gobierno, escribí un texto que reimprimo porque es vigente y porque recordar es una obligación moral. 
La contrastante respuesta de Calderón a la muerte de Juan Camilo Mouriño y a la de los 16 niños y jóvenes juarenses, retrata con nitidez la pobreza moral de este gobierno y de quien lo preside.


El 6 de noviembre de 2008, el presidente de la República ordena que 6 batallones de las fuerzas armadas, una banda de guerra y su gabinete completo, le rindan un extraordinario homenaje a Juan Camilo Mouriño, amigo íntimo de Felipe Calderón muerto en un accidente de aviación. Mil seiscientos invitados pasaron lista de asistencia. Calderón llegó a decir que Mouriño tuvo “un rol heroico, vital para la transformación del país” y que “como el Cid Campeador, seguirá ganando batallas después de muerto”. Después confesó que la muerte de Mouriño había sido “el peor momento, sin duda” de su gobierno. Calderón convirtió una pérdida personal en asunto de Estado, dándole tratamiento de mexicano distinguido a una persona sin méritos que destacar y sobre el que aun hay sospechas sobre su honestidad. Alguien en su sano juicio no concibe que una relación afectiva con el presidente justifique el trato de héroe patrio. De ser así habría que reservarle un nicho en la Rotonda de los Hombres Ilustres a “La Tigresa” y al “Negro” Durazo. Usualmente los presidentes pierden el uso de la razón hacia la segunda mitad del sexenio. Calderón ha sido precoz.


El 31 de enero el presidente recibe en Japón la noticia de que 30 estudiantes fueron ametrallados en Ciudad Juárez. Calderón no se comunica de inmediato con las madres que perdieron a sus niños, como lo hizo con la esposa de un futbolista metido en broncas de cantina, ni extiende un mensaje público de condolencias, ni gira instrucciones para que las familias reciban apoyo del gobierno federal. Frente a la prensa habla de deterioro social entre los jóvenes como si esto fuera ajeno a las obligaciones de la presidencia de la República. Confiesa no saber que sucedió, pero aventura a decir que pudo haber sido “simplemente – simplemente – un hecho de rivalidad entre dos grupos de jóvenes” o un enfrentamiento entre “pandillas o bandas criminales”. Para ellos no moviliza el aparato estatal, ni ordena honras fúnebres, ni regala elogios encendidos. Su ligereza y distanciamiento con las víctimas son muy mal recibidas por los familiares, que exigen una disculpa pública. No la presenta sino hasta que las circunstancias lo obligan a ir a Juárez, donde lo reciben con un “Te disculpas y te vas”. Organiza una reunión para ventilar el tema, olvidando incluso un respetuoso minuto de silencio en memoria de los jóvenes asesinados. Usando una vistosa corbata roja, visiblemente contrariado pero no triste, Calderón tiene que escuchar a Luz María Dávila, madre de Marcos y José Luis. Incontenible en su dolor, lo increpa a menos de 2 metros: “Discúlpeme, Presidente, yo no le puedo decir bienvenido porque para mí no lo es … Les dijeron pandilleros a mis hijos. Es mentira … Ellos estudiaban y trabajaban … Le apuesto a que si ha sido uno de sus hijos, usted se habría metido hasta debajo de las piedras y hubiera buscado al asesino, pero no tengo los recursos, no lo puedo hacer …”. Discurso increíble en un país donde lo usual es agacharse y callar, como les hizo ver la Sra. Dávila a los invitados que pasaron lista: “y ustedes … no dicen nada … pero aplauden al presidente”. Terminado el evento, un convoy blindado lleva a Calderón al avión presidencial. La Sra. Dávila regresa sola con su dolor a casa. Un reportero le pregunta que se puede hacer para mejorar las cosas. Sin vacilar responde “¡que renuncie!”. 


Ocho meses antes murieron calcinados 44 bebés en la guardería ABC de Hermosillo. Ni una sola persona está detenida por esa atrocidad. Al año de su muerte, Calderón inauguró un monumento público honrando a su amado amigo, tal como lo había prometido. La Sra. Dávila exigió justicia. ¿Se hará antes de terminar el año o sólo será posible si se va Calderón?

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